Uno de los legados más perdurables de los fastos del 92 en Sevilla pasó casi inadvertido: la colección de 250 libros dedicados a la historia hispanoamericana por la Fundación Mapfre América, que recibidos como donación en muchas Universidades perdidas en el cono sur americano son hoy conservados y utilizados como auténticas joyas. Fruto de aquella primera iniciativa fue la creación de la Fundación Histórica Tavera, embarcada en un proyecto que hubiera seducido al mismo Cristóbal Colón: editar en soporte cederrón más de 5.000 obras raras o de difícil acceso sobre la Historia de España, Portugal, Hispanoamérica y Filipinas entre los siglos XVI y comienzos del XX.
El Instituto Cervantes de Nueva York presentó el pasado viernes la flamante colección Tavera recién adquirida gracias a la financiación concedida por la Fundación Ford dentro de su programa del «buen vecino», que subvenciona proyectos para mejorar el paisaje cívico y cultural de instituciones que tienen su sede en torno al jardín-biblioteca que la Ford ha creado en la calle 42, en pleno corazon de Manhattan.
Si para Kevin Mathewson, representante de la Fundación Ford, la serie creada por Tavera, de la que se llevan publicados 46 cederrones de un total de 160, «proporciona oportunidades extraordinarias de compartir mundos del pasado, remotos e inaccesibles, hundidos en la opacidad del tiempo perdido», para el responsable en investigador de la colección, el historiador José Andrés Gallego, se ha convertido en la tarea de su vida. La participación de Gallego en la colección con la que Mapfre celebró el V Centenario le permitió descubrir una serie de archivos y bibliotecas en toda Iberoamérica con un formidable patrimonio en trance de desaparición. Tras seleccionar a un historiador por cada país, se le encargó que seleccionara una serie de obras clave para comprender su historia. Tras fijar el corpus se procedió a copiar en cederrón esos libros (cerca de 12.000 páginas por cada disco) que ahora permiten adentrarse en territorios ignotos de nuestro propio pasado. Pero como señala con comedido entusiasmo José Andrés Gallego, «quedan otros 500 años de trabajo». |